Entrevista a José Antonio Rivera, autor de «El canon. La verdadera literatura chilena actual»

José Antonio Rivera, es escritor, sociólogo de la Universidad Arcis y candidato a doctor en Literatura por la Universidad Lepizig (Alemania) y por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Tiene estudios de posgrado en Filosofía en la Universidad de Chile y de Letras en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Es autor de la novela Siete Judas, ganadora del Primer Premio Novela Editorial MAGO (2008) y de Bio/grafía de una adopción (MAGO Editores, 2011).

El canon. La verdadera literatura chilena actual da vida a una nueva colección dentro de Editorial MAGO: Posmo_diatriba Literaria, en la cual realiza un estudio de los más populares exponentes de las letras nacionales. Rivera dedica este primer volumen al escritor chileno Pablo Simonetti.

Por María Jesús Blanche

 ¿Cómo surge la idea de crear la colección Posmo_diatriba Literaria?

El nombre de la colección da cuenta del espíritu de ésta desde sus dos dimensiones. Primero, lo posmo, por inscribirse en un registro de literatura posmoderna. Yo la veo como una serie de micronovelas paródicas debido a que la atraviesa la ausencia absoluta de verdad (ética o estética) tras la clausura de las utopías y los metarrelatos, y por ello mismo alejadas de cualquier tipo de logocentrismo. También son textos eminentemente antienciclopédicos, transtextuales y metaliterarios.

En cuanto a la diatriba literaria, es por tratarse de un conjunto de libros bastante odiosos, que propician el escarnio, la invectiva, incluso la burla hacia cierto tipo de novelistas, en específico a los «escritores de transnacionales» que, en líneas generales, presentan un nulo valor literario. Es decir, la colección pretende reírse de los que considero mis «enemigos literarios» haciendo su bio-bliografía en tono paródico academicista.

Por último, está la molesta sensación del reinado de la hipocresía en las letras nacionales. En ese sentido, me pareció sano como escritor posicionarme en el campo intelectual sin maquillaje alguno, y decir lo que creo que tengo que decir sin temor a represalia. Y por eso también mi filiación con Mellado, cuya estrategia escrituraria, si bien no es exactamente la que yo propongo, sí se emparenta mucho con ella.

¿Cómo fue el proceso de investigación previo a la escritura de El canon?

Cuando pensamos en un Canon, es imposible no traer a la memoria El canon occidental (1995) de Harold Bloom y, asimismo, aquello que el autor denomina Escuela del Resentimiento. Desde luego, me siento ineludiblemente ligado a dicha escuela (desde la sociología, la filosofía y por cierto la literatura), aunque tiendo a aburrirme también de tantos estudios sobre minorías, sobre alteridad y diferencia, máxime porque la Academia parece estar completamente de acuerdo en estos puntos y no sé en qué puede sumar otro estudio de travestismo o una investigación que compruebe que el Quijote es un libro machista.

Como sea, no me pareció mala idea ironizar sobre la elaboración de un posible canon de la literatura chilena, partiendo de la base de que no creo en el concepto mismo de canon, ni siquiera en su operatividad metodológica. Y tanto mejor si este canon era políticamente incorrecto y sumaba nombres despreciados por cualquier lector relativamente inteligente.

Por eso, contestando tu pregunta, cuando me decidí a hacer en serio esta microenciclopedia facsimilar, me vi en la horrible obligación de leer a estos «escritores de transnacionales», lo que no es tarea fácil, te lo aseguro. Por suerte, en ese momento –como narro en el libro– estaba interno en una clínica psiquiátrica para desintoxicarme, y supongo que las fuertes dosis de Ravotril sumado a estar entre personajes tan particulares como los que me rodeaban, hicieron bastante más llevadera la misión de leer las obras completas de Pablo Simonetti o Carla Guelfenbein.

Como epígrafe a este estudio utilizaste una cita de Walter Benjamin que habla sobre el cronista y su labor por rescatar tanto los grandes como pequeños acontecimientos históricos. Llevando esta cita al campo de la literatura, ¿consideras que la labor de Pablo Simonetti es similar a la de un cronista?

Te cuento que cada volumen de la colección se iniciará con un epígrafe de las célebres Tesis de Filosofía de la Historia de Walter Benjamin. El primer argumento para ello: nuevamente la parodia. Esta vez, burlarse de la Academia y su tendencia a tener autores «de moda», autores cool contra los que nadie en su sano juicio discutiría, en este caso el crítico más ubicuo e inclasificable de la Escuela de Frankfurt.

Ahora bien, además de la parodia, intento investir mínimamente de sentido las tesis que abrirán cada libro, según las particularidades del autor en revisión. Y en este caso habla del rescate del cronista. Este rescate es, por un lado, el que hace Simonetti al testimoniar la subjetividad complaciente, burguesa y reaccionaria que sojuzga a Chile; pero también está el gesto de salvar al propio Simonetti como un cronista honesto, esto es, un escritor simplista y sin muestras de amor por la literatura, pero honesto en su producción de aparatos escriturarios sin mayor pretensión que llegar al ranking de los más vendidos de la «Revista de Libros» de El Mercurio.

Mencionas en una parte de tu libro que la obra de Pablo Simonetti ha sido «invisibilizada por el esquivo canon chilensis». ¿Por qué crees que su obra ha estado ausente dentro del panorama literario?

Creo que Pablo Simonetti sí está presente, quizás demasiado presente, en el campo literario chileno: lo encontramos firmando libros en sus megalómanos lanzamientos o en librerías, lo vemos de punto fijo en el stand de su editorial de la Feria del Libro cada fin de año, leemos su nombre en los rankings de los más vendidos, etc.

Mi juicio acerca de su exclusión se remite únicamente a los ámbitos «serios» o legitimados de las letras nacionales. Ningún doctorando lo tomaría para realizar su investigación, ningún académico lo pondría como objeto de estudio para un concurso Fondecyt, ningún catedrático sueña con llegar a dictar un monográfico sobre su obra en alguna escuela de Literatura. Es decir, Simonetti está excluido del circuito de escritores «estudiables» por las escuelas de postgrado de nuestro país.

La razón de esta ausencia: es un autor de best sellers, así de fácil. Su literatura es de consumo. Sus pretensiones como autor son cuantitativas (número de libros vendidos, número de libros publicados, número de páginas escritas, número de años entre un libro y otro, etc.), y no cualitativas. No le importa la calidad de sus novelas. Es otro objeto de consumo producido en serie y bajo fórmulas preestablecidas.

¿De qué manera crees que la obra de Pablo Simonetti dialoga con la literatura chilena anterior?

A mi juicio, Simonetti es una copia descarada de la narrativa de Gonzalo Contreras, sus historias presentan la misma estructura (aunque híper simplificadas, si ponemos por caso El gran mal), las mismas descripciones, los mismos tipos de diálogos, la misma aproximación a los personajes, los mismos clichés de frases hechas, los mismos estereotipos de un Chile de clase media alta o de frentón alta que es más literario que real. Esto es, Simonetti es Contreras pero enfocado directamente a los consumidores. Se vincula, además, con su amiga Carla Guelfenbein, y dialoga con estafas literarias como las novelas de Marcela Serrano o la última etapa de Roberto Ampuero.

¿Qué otros autores serán parte de esta nueva colección? ¿Por qué?

El siguiente volumen está dedicado a lo que se denominó en su instante como la Nueva narrativa chilena o mini boom, con énfasis en las figuras de Alberto Fuguet y Gonzalo Contreras. Creo que luego vendrán Roberto Ampuero, Carla Guelfenbein, Hernán Rivera-Letelier, Marcela Serrano, entre otros. Y ¿por qué? Porque se han ganado, libro tras libro, su derecho a tener un lugar de privilegio en este canon de basura literaria.

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