Sombras en Rojo: a propósito de «El cumpleaños»

Presentación de Iván Quezada a la novela de Rolando Rojo Redolés

Con El cumpleaños, de Rolando Rojo, tuve desde un comienzo la certeza de que habría un vuelco entre la primera versión y la que resultase una vez el libro impreso y encuadernado. Un cambio que sólo podría atribuirse a la «magia», al menos entre quienes creemos que la literatura es más que una suma de técnica y redacción. Había que dejarse llevar por la primera impresión para llegar a la última, pero sin detenerse demasiado a estudiar los cambios, confiando en las virtudes de un argumento sinuoso y extraño.

Para ser una novela breve, el libro contiene varias y simultáneas historias que ocurren no se sabe si en la realidad, en la memoria o en la imaginación de su atormentado protagonista. Todo parece ocurrir en un puñado de minutos. Hilando fino, uno incluso podría poner en tela de juicio las motivaciones del personaje o incluso los mismos hechos de su vida: sus recuerdos de una larga vida de casado, los años como profesor de Periodismo, la represión política de la década del Setenta…

El delirio que orquesta con su prosa levemente esperpéntica y profusamente detallista, da para todo. Se suman las claves de la novela negra y la psicológica; a menudo parece un relato de aventuras, si no fuera por la tristeza que lo cubre todo. Desde luego, tamaña cantidad de estímulos requería una síntesis rigurosa y constante, más aún considerando que el estilo de Rojo implica repeticiones, digresiones y enumeraciones con las que quiere subrayar su desencanto con el mundo.

Esta obra es un réquiem o el ajuste de cuentas de un alma en pena. Sin embargo, alcanza su mayor fluidez cuando incurre en el humor negro. No se trata de carcajadas, desde luego, sino de una impresión de seriedad risible. Como decir: «La infelicidad es la piedra angular de la vida humana». Es una afirmación tan grave, que parece una broma. En El cumpleaños sucede así, con un protagonista que se olvida de sus buenos momentos y enfatiza sus fracasos, seguramente para convencerse a sí mismo y en honor del determinismo que, sin declararlo, conduce sus pasos en esta historia.

De modo que cada palabra o incluso cada punto va dirigido a comprobar la tesis del libro. Como lector, se agradece esta consecuencia en un tiempo en que la narrativa suele ser difusa, con intenciones eufemísticas y exceso de palabras. En ese sentido, el género escogido por el autor es un acierto: la nouvelle, a medio camino del cuento y la novela, es un recursos utilizado con éxito por otros escritores chilenos, como José Donoso, Poli Délano o Jorge Edwards; creo que, detrás del cuento, es la forma narrativa con mejores resultados en nuestro país. A Rojo le permitió ir velozmente al grano, sumando vértigo a sus párrafos y a sus descripciones.

¿Y si en realidad estuviésemos ante una historia de terror? Pensándolo bien, sobran los elementos góticos o expresionistas: el Santiago de sus páginas es oscuro como un sótano, con letreros de neón en sus calles y una gota de sangre debajo de la alfombra. Me hizo recordar la urbe retratada por Méndez Carrasco en Chicago Chico, a pesar de referirse a épocas tan distintas. Los diálogos del protagonista con su alter ego femenino, la «Puta», parecen sacados de una novelita de pulp fiction de los años 40 o 50. Asimismo, el tono criollo, tanto del lenguaje como de la idiosincrasia descrita, reenvía más atrás, hasta las epopeyas en sordina de Manuel Rojas.

Yendo más lejos aún, podrían identificarse algunos códigos del tango en la lógica y en la imaginación que concibió este argumento. Como un «compadrito» que ya ni recuerda su inocencia, nuestro personaje parece ir cantando sus angustias en un argot personalísimo. El libro contiene guiños suficientes para echar volar la fantasía y el deleite verbal, entrecruzando influencias a diestra y siniestra, en el juego intelectual con que a veces uno se entretiene cuando se topa con una lectura sustanciosa, antes o después del placer estético definitivo.

Creo que, luego de descifrar las bases del relato, el libro se transformará para los lectores en una pista de hielo, por la cual deslizarse como por un tobogán. Contribuye a esto la creciente precisión en los términos, la veloz decadencia de los hechos y la conciencia agudizada del protagonista entre las cuatro paredes de su desconsuelo. La ironía también es un factor en el juego de descabezar las creencias que, supuestamente, justifican la vida. No sé si será un placer morboso el comprar una entrada para este espectáculo, pero todo el mundo asiste alguna vez al show de variedades, aunque sea como polizontes.

Si quisiéramos verlo como la bitácora de un error, no sería fácil adjudicárselo a alguien. ¿Al período histórico, al autor, a los personajes, al Tercer Mundo? ¿A la literatura? Me imagino a un cura alegando en el púlpito. No habría manera de ponerse de acuerdo sobre la ventaja de la vida sobre la muerte, por ejemplo. O de los buenos modales y el convencionalismo por encima de la honestidad. Pienso que allí estaría la piedra de tope: la sinceridad de esta apuesta escéptica, a la manera de Unamuno o de Camus (cuando es más extremista), le confiere estatura artística a tan amargo derrotero existencial. Para quedar tranquilos echémosle la culpa a Chile; nuestro chivo expiatorio favorito.

Me gustaría, por otro lado, ponerle un sombrero al protagonista y convertirlo en un detective. Tiene capacidad de sobra para descifrar los laberintos del crimen y sabe cómo defenderse en un mundo sórdido. Mientras lo haga con pocas palabras, le resultaría bien. Con esto quiero decir que Rojo, nuestro autor, podría incursionar en la novela policial sin mayores problemas, mientras contenga sus deseos de matar a su personaje antes de que descubra que la solución de un asesinato es sólo el comienzo de la próxima investigación. Las posibilidades del estilo puesto en juego en El Cumpleaños son enormes, abarcan también la oscura historia del presente.

Me resta decir dos palabras sobre el argumento. Cincuenta años es una cifra redonda y simbólica. Para mucha gente es el comienzo de la vejez, de la segunda mitad de la vida, y el final. Nuestro protagonista cumple esta edad y declara haber tenido suficiente. Pero, para irse satisfecho de este mundo, necesita matar también a su contraparte: el deseo, personificado en una mujer que quizás no existe, probablemente es un invento de su mente exhausta. Si  fijamos la acción en el Chile de los años recientes, tendremos a un individuo que llegó a su madurez en plena tiranía y pasó la mayor parte de su tiempo ocultándose en los pliegues de la burocracia. Como un parásito que se alimenta de sí mismo. Visto así, el libro es un juicio al período más oscuro del país y trance obligado para todo escritor chileno comprometido con su arte.

Rolando Rojo asume este rol generacional y, de algún modo, redime a su especie de la forma más cruda. Creo que su esfuerzo llega a un buen final, le da sentido al sinsentido, aunque sólo fuera valiéndose del sarcasmo. Lo importante es conservar y potenciar la fluidez de esta narración que, ahora casi liberada de los fantasmas del pasado, puede volver sobre sí misma una y otra vez, en su eterna lucha contra la mala conciencia. Para los lectores, a un precio tan económico como traspasar con la mirada sílabas y verbos fulminantes.


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