Lugares comunes, de José Miguel Varas, nos vuelve a reunir

 

Prólogo a tres voces

I

 

Por Inés Varas Largo

 La idea de reeditar un libro de mi padre José Miguel Varas Morel surgió en primera instancia de parte de Máximo G. Sáez, director literario de Editorial MAGO. Así se lo planteó en cierta ocasión, el año 2010, a mi compañero Ronald Gallardo, para que pudiera generar un contacto telefónico entre Máximo y mi padre. Conversaron, pero los tiempos del reloj de José Miguel siempre se hacían pocos, le faltaban días para hacer todas sus cosas. Lo vi abordando distintos proyectos a la vez, tanto personales –es decir de su propia creación literaria– como colectivos asociados a la cultura, a los escritores, periodistas y al mundo social y político de izquierda. Digo esto porque si bien a mi padre le interesó la propuesta de Máximo, finalmente no alcanzaron a llegar a puerto con la iniciativa. José Miguel Varas falleció el 23 de septiembre de 2011, dejando proyectos en desarrollo y varias iniciativas pendientes, y el desafío de reeditar alguna de sus obras antiguas fue una de ellas. Pero la motivación de Los Magos se mantuvo siempre presente.

Con Ronald nos vinimos a vivir al litoral de los poetas el mismo año que mi padre partió en su viaje sin retorno. Aquí nos hemos dedicado a desarrollar encuentros de música, poesía, teatro y narrativa, varios de los cuales se llevaron a cabo en la Villa Camilo Henríquez de El Tabo, centro de actividades y lugar de descanso para miembros del Círculo de Periodistas de Santiago. En ese lugar, mi padre junto a mi madre, Iris Largo Farías, mis hermanas y yo −nuestra familia en general−, tuvimos hermosas estadías en los veranos y también en otros periodos del año, cuando la costa es solitaria y bella. Al cumplirse un año del fallecimiento de mi padre realizamos allí un encuentro muy especial: lo recordamos con un homenaje poético, narrativo y musical que denominamos «Almorzando con De Rokha», a propósito de una crónica que mi padre escribiera sobre el poeta. En ese acto, que comenzó con un almuerzo –porotos con rienda y vino tinto– y se alargó hasta la noche, participó Máximo con lecturas de sus textos. En la ocasión los presenté a él y a Jessica Toro, su compañera, con mi madre. Allí volvió a salir el tema de reeditar un libro de José Miguel, una motivación literaria vital, reponer para los lectores alguna de las primeras publicaciones de mi padre.

Años antes, por ahí por 1998, en una librería de viejos muy antigua, ubicada cerca de la universidad arcis en la calle Barroso, encontré un día, arrumbados, unos cuantos ejemplares de Lugares comunes, de la editorial Nascimento. Se vendían a 500 pesos cada uno. Se lo conté a mi padre y él dijo: «Hay que comprarlos todos. ¡Tenemos muy pocos de esos libros!». Así lo hicimos, y hasta hoy guardo como tesoros algunos ejemplares. Poco después del acto «Almorzando con De Rokha» le regalé uno de ellos a Máximo, quien luego de leerlo me llamó entusiasmado: «Este libro es tremendo, excelente, tenemos que reeditarlo». Me pareció que era necesario hacerlo, ¡claro que sí! Así se generó esta hermosa iniciativa cuyo resultado hoy sale a la luz. Vuelve a nacer, 45 años después, el libro Lugares comunes, editado por primera y única vez el año 1969 por Nascimento.

Me invade una tremenda emoción al ver que, a pesar de que mi papá no está físicamente, sus libros siguen saliendo, editándose, reeditándose, siguiendo nuevos caminos, que hay una vida que continúa… Me pregunto ¿qué diría él? ¿Qué estará pensando u opinando? Porque cada cierto tiempo, en diferentes momentos, siento que está ahí, mirándome fijamente con sus ojos profundos y sus cejas chasconas, viendo lo que hago, hablo, opino… pero bueno, eso ya es algo personal, íntimo.

Lo importante hoy es este libro que llega nuevamente, para ser leído por las generaciones actuales que podrán reconocer en estos cuentos una parte de la historia de nuestro pueblo. Porque si algo significativo puedo decir es que mi padre dedicó gran parte, si no toda su obra, a dar cuenta del lenguaje, de la historia, de la cultura popular de Chile y sus rincones, de sus protagonistas anónimos, de la gente más sencilla de esta tierra, todo lo fundamental para que Chile exista como país. Nunca se detuvo en su afán por reflejar en sus textos, a menudo con humor, la cultura de la vida cotidiana, sus pormenores, sus costumbres y alegrías, y también las condiciones reales en que viven los hombres y mujeres más pobres, sus luchas populares, sus movimientos sociales y políticos.

Por lo tanto, no me queda más que estar feliz con esta reedición, con este proyecto que no termina sino más bien continúa, ya que de esta forma la obra literaria de José Miguel Varas Morel seguirá vigente recorriendo las calles, los barrios, las bibliotecas escolares y las localidades de Chile, y sus libros serán pasados de mano en mano entre quienes ven en ellos una manera de viajar por otros mundos, una manera de conocer la historia de nuestra gente, una manera de ser y de sentir la alegría de vivir.

 

II 

Por Cristina Varas Largo

 

Lugares comunes fue el primer libro de mi padre que leí, a los catorce, quince o dieciséis años, algo así. También era uno de los primeros libros que leía en castellano; mi vida y mis lecturas transcurrían mayoritariamente en ruso: vivíamos en Moscú. Diría que los cuentos de ese libro fueron mi primer acercamiento a lo que era mi país, del que entonces tenía conocimientos bastante limitados, muy restringidos a la realidad política y dictatorial que se vivía en Chile y que había provocado, precisamente, que nuestra familia hiciera su vida tan lejos.

El libro reúne trece cuentos escritos en distintos periodos por José Miguel Varas, el más antiguo («Relegados») es de 1949 y el más nuevo («Nosotros») de 1968, un año antes de la primera publicación de este volumen por la editorial Nascimento. En el momento de su aparición, la crítica literaria destacó algunos méritos de la escritura de Varas que con los años se irían confirmando y consolidando: la facilidad narrativa, la fluidez, el humor; el interés por personajes comunes y corrientes, muchas veces invisibles para quienes los rodean pero siempre detectados por nuestro autor, y siempre retratados de tal manera que nos parece verlos, conocerlos.

En una reseña de Lugares comunes publicada el 6 de abril de 1969 en el diario El Mercurio, Hernán del Solar, un destacado crítico de esa época, señala que los personajes de estos cuentos son «gente de la más variada condición, que desempeña los más disímiles oficios, aunque a veces no conoce ninguno, y que se conduce y expresa en estilo nacional, siempre a la chilena». Y agrega que esos personajes «se presentan como son, sin presunciones, a la buena de Dios, de manera que nos encontramos con un elenco que no conoce la monotonía».

Y así es. Unos relegados comunistas visitados por compañeros, una tía solterona que sueña con encontrar el amor, una «familia tan pobre, pero tan pobre» que no tiene para pagar su pieza, un cabo al que «se le suben los humos a la cabeza y se cree un señor oficial», una madre angustiada que denuncia el maltrato de su hijo por Carabineros, una pareja que rompe mientras viaja en un taxi, un coronel en retiro que no comprende a su hijo… Son cuentos muy distintos, varios de ellos narrados en primera persona, y todos confirman la maestría de Varas en el género, que 37 años después lo haría merecedor del Premio Nacional de Literatura.

Los elogios de Hernán del Solar no se limitan a la agudeza en la observación de José Miguel Varas y a su facilidad para describir personajes y lugares muy diversos. De la misma manera en que años después lo harían críticos como Jaime Concha o Ignacio Valente, recalca su talento literario, la seguridad en la elección y manejo de las palabras y las frases, y por supuesto, el humor: «Se ve […] en su lenguaje una fluidez que sugiere una capacidad de producción nada común. Escribe con sencillez y naturalidad. Se le oye la voz, se le tiene delante, y percibimos el tono exacto de las palabras, el ademán, la sonrisa que le subraya levemente el ingenio con que suele ver el mundo y a sus variadísimos habitantes».

Mencioné que el cuento «Nosotros» era del año 1968, es decir, el más recientemente escrito al momento de aparecer el libro. Es al mismo tiempo el cuento que abre el volumen, y en aquella primera lectura mía, el que me resultó más cercano, más divertido, más ingenioso. Se trata de una pareja que viaja en un taxi, están discutiendo, y de fondo en la radio del taxista suena el bolero que tiene el mismo nombre, más bien, que le da el nombre al cuento. La discusión, entonces, se entremezcla con la canción, los comentarios del locutor y los avisos comerciales, mientras el hombre de la pareja hace esfuerzos infructuosos por prestarle atención a ella –en vez de a la radio– y toda la situación, que en realidad es más bien triste, se transforma en una escena que hace reír a carcajadas.

Pues bien, en estos días en que Editorial MAGO lanza su reedición de Lugares comunes –cosa que nos alegra, reconforta y llena de orgullo–, por casualidad descubrí un dato que desconocía de mi padre. Y es que «Nosotros», ese mismo 1968 en que fue escrito, ganó el primer lugar en la primera versión del concurso de cuentos de la revista Paula, que a estas alturas se ha afianzado como uno de los concursos literarios más importantes del país y que ha premiado a numerosos escritores que luego han sobresalido en las letras nacionales. Y mi padre, en esa primera versión del certamen, no fue una excepción. Esto es lo que salió en la revista al dar a conocer el fallo:

«La gloria y los mil escudos del Primer Premio se los llevó “Michal”, con “Nosotros”: Resultó ser el periodista José Miguel Varas, que escribe un cuento de corte romántico-cruel: una despedida entre amantes, entreverado con el bolero que titula la narración. De paso, el autor se burla de los concursos radiales con historias vividas, que en este caso traen a los ganadores tres pares de medias de la marca que auspicia el programa».

Por último, sólo me queda agradecer una vez más la iniciativa de Editorial MAGO, que hoy pone nuevamente al alcance de los lectores este conjunto de relatos del «mejor cuentista chileno de todos los tiempos», como lo calificara el poeta, abogado, diplomático y su gran amigo, Armando Uribe.

 

III

 Por Iris Largo Farías

 Justo y necesario me parece recordar, en esta nueva edición de Lugares comunes –título con que el autor se trata un tanto irónicamente–, a dos hitos de la producción literaria chilena del siglo XX: un editor, Joaquín Gutiérrez, y una editorial, Nascimento.

La primera edición, de 1969, se imprimió en los talleres de Nascimento, en Arturo Prat 1428. Dicha editorial fue creada en 1917, y cerró sus puertas y sus talleres en 1986. Fue el ojo avizor de Joaquín Gutiérrez –escritor costarricense vinculado a la editorial, primero porque se casó con Elena George-Nascimento, hija de su creador Carlos George-Nascimento, y luego porque se convirtió en uno de sus grandes gestores– que fijó en su retina estos cuentos escritos a lo largo de dos décadas por José Miguel Varas y aceptó con entusiasmo publicarlo. Salía así a la luz pública esta colección de relatos que hablan de la vida, de los sueños y frustraciones de trabajadores, pescadores, pequeños comerciantes, hombres y mujeres populares retratados aquí de manera sorprendente y con su auténtico lenguaje popular.

Posteriormente, en marzo de 1973, la conocida editorial nacional Quimantú seleccionó dos cuentos, «La denuncia», de 1958, y «Campamento», de 1956, para incorporarlos en el libro Historias de risas y lágrimas, junto a otros títulos de los escritores Alfonso Alcalde, Nicolás Ferraro y Franklin Quevedo, en su colección Quimantú para todos. El editor y jefe de la División Editorial de Quimantú, que llegó a tener cuatro mil trabajadores, era Joaquín Gutiérrez, quien obligado por el golpe de Estado del 11 de septiembre debió exiliarse y volver a su tierra natal, después de cuarenta años aportando con sus amplios conocimientos literarios, su notable cultura y su destreza editora en Chile, en el país que había adoptado como propio.

El golpe fascista, además, destruyó, quemó y picó montañas de libros tratando de borrar los grandes logros de la magna empresa que significó Quimantú, tal como trató de aniquilar todo vestigio de nuestra cultura y democracia. No lograron su objetivo. Así como estos y otros cuentos comenzaron de nuevo a aparecer ya con la democracia más o menos recuperada, muchos otros ejemplos de recuperación de nuestra cultura y de sus raíces siguieron y han seguido germinando.

Auguramos un largo y fructífero camino a estos Lugares comunes, que Editorial MAGO ha decidido reeditar a 45 años de su aparición, y que conservan toda la frescura y la vigencia de entonces.

Enero de 2014

 

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