Presentación del libro «Norte en Elocoyán» de Víctor Lobos

Por Sonia Montecino

 Agradezco a Víctor por haber pensado en mí para presentar su libro, no estoy convocada como especialista en poesía, sino como una antropóloga que ha visto en la literatura un campo de representaciones culturales que abre cauces inagotables de simbolizaciones y nuevos engarces entre los sujetos, el mundo y las cosas. Pero, sobre todo me siento invitada por un nexo antiguo con el autor de «Norte en Elocoyán», un vínculo que nos une en la escritura y en una época: el taller de narrativa de José Donoso, la década de los ´80. Allí Víctor tomó el apelativo de Mowgli, no recuerdo si porque era del sur (un niño asociado a los bosques) o por el apellido Lobos, pero lo que tengo claro es que no se resistió al nombre que la cofradía le impuso en el altillo de la casa de Galvarino Gallardo donde el Viejo Donoso realizaba su taller. Esos tejidos afectivos, casi tribales son los que me han hecho aceptar la proposición de Víctor y, por cierto, los tópicos de sus poemas que se cruzan y entrecruzan con algunas obsesiones etnográficas y de pesquisa en la tradición oral que he venido haciendo.

Leí su libro como una suerte de viaje, de periplo hacia el sur de Chile donde se sitúa Elocoyán –que vendría a ser algo así como un lugar donde hay un Roble, que en mapudungun se llama coyan, y que representa un devenir porque se denomina hualle cuando joven y pellín cuando viejo. El tiempo que Víctor concita es el primero:

“En la loma, una troupe de eucaliptos

ejecuta su danza frenética:

las copas quemadas se tocan y besan tras el hualle sereno”.

(Norte en Elocoyán)

 

Hay, efectivamente, en el sur, en Loncoche (gente con jefaturas) un lugar conocido como Elocoyán. Pero el sur de este libro está signado por el punto cardinal norte que establece la escritura como brújula para recorrer la atmósfera familiar, de la infancia, del amor, de los habitantes vivos y de los que respiran encantados en las tierras australes, donde el vendaval del norte trae las lluvias. Pero, en Elocoyán no solo nortea, también los aires soplan del Este:

“Mi niña del viento, estabas tan flaca

que el Puelche te encumbró como un volantín

y de ti no quedó más que un rastro de lluvia”

(Niña del Viento)

 

Pasando la cuesta Lastarria entre Loncoche y Lanco, Víctor nos dice que la panamericana abre la ruta para llegar a su norte propuesto, de “anárquicos hualles arracimados” (la juventud) y surcado de animitas como “primorosos altares al borde del asfalto/flores secas en tarros oxidados”. Todos y todas las que conocemos esos caminos sureños podemos reconocer esa imagen, así como la lluvia y lo que sucede “después de la lluvia”. Las que no son suficientemente conocidas son las fuerzas que animan los paisajes, la tierra, los cielos, moradoras infinitas y múltiples, dueñas de cada cosa, celosas guardianas de las aguas y de todo lo que vive. Y es en ese viaje donde la poesía de Víctor me cautivó como un Sumpall (son los seres femeninos y masculinos dueños de los ríos que raptan a los incautos). Si bien los mitos indígenas han tenido alguna resonancia en la literatura nuestra –por ejemplo Mistral con el Caleuche, Donoso y Franz con el imbunche, recientemente los poetas mapuches como Elicura Chihuailaf y otros que aluden a sus epeu tradicionales- no hay una gran producción de textos ligada a ellos. En el caso de «Norte en Elocoyán», los amplios mundos mapuche huilliches no sólo se asoman, sino que forman parte de su universo poético, en una relectura que recupera el animismo y que, sin saberlo quizás, se sitúa en las nuevas maneras de comprender, desde la antropología, los sistemas simbólicos y las elaboradas concepciones de la vida de los pueblos originarios.

Así, el relato fundacional mapuche es re-narrado por Víctor:

“Cai Cai y Ten ten

se persiguen y se abrazan por los cerros

y la lluvia llega a la playa negra de Lican Ray.

Toro blanco del Choshuenco, toro rojo del volcán,

llameante aliento del cherrufe

quemando los bosques de Lican Ray.

Kai Kai grita el gallo al mediodía

engañado por el cielo color pizarra

que relampaguea sin cesar.

“Ven Ven” me siseas al oído,

para que sigamos revolcándonos

cuando se desata el temporal.

Amalgamando el origen de las catástrofes, los maremotos y la furia de los volcanes, apreciamos la potencia conjunta de las culebras y de los toros (un animal introducido por los españoles);  la transmutación de los reptiles en agua y los mamíferos en cerros que expulsan fuego. Cada lluvia y cada volcán contiene una culebra y un toro que al enojarse provocan daños, pero al mismo tiempo volcán y lluvia son los propios animales movilizados. El poema trae hasta nosotros los desastres y la densidad del cataclismo, pero también su conjura, en la irónica analogía entre el gallo que grita caicai y ¿la galla? que sisea “ven ven” para “revolcarse” en el temporal. La relectura entonces asocia la lucha de las culebras y de los toros con el acoplamiento de machos y hembras, resolviendo la disolución cataclísmica no con un sacrificio (como en los mitos originales) sino con el placer/ reproducción.

De este modo, el relato fundante es productivizado operando como una nueva versión –entendiendo, como lo hizo Lévi-Straus, que la profusa red de relatos es la que conforma en su conjunto al mito- que va tejiendo su significación en el universo textual de «Norte en Elocoyán».

En Kutrankillen, la operación es distinta porque no se centra en las imágenes simbólicas de una sola cultura, sino que hibrida distintos imaginarios, sintetizándolos para abrir el repertorio de nociones sobre la luna, dominando eso sí el título mapuche, que traducido es “enfermedad de la luna” (es decir la menstruación). En este poema, la luna es la menstruante, “está en la colorá” y como pensaban los selknam, es antropófoga y se alimenta de niños (por eso crece). Luego se la compara con un trilkehuekuve:

“Al fondo del estero

hay un cuero chico

que también va creciendo

a costa de incautas liebres y terneros”

Luna y cuero (recordemos que se trata de la piel de un vacuno que atrapa a las personas en los ríos y lagunas) se reúnen para dar cuenta de aquello que devora sin piedad, para luego asentarnos “En la casa/ con los postigos cerrados/viendo la tele y recordando agravios” y mutar de viejos a polillas, luciérnagas, renacuajos, seres relacionados con los espacios en que habita la luna (el cielo, la noche) y el cuero (las aguas).

En la Llorona, el poeta de Elocoyán toma el partido de los hijos asesinados por su madre. La llorona es un relato que se expande por casi toda América Latina y narra el drama de los nacimientos mestizos: una mujer indígena es violada por un español y, repudiada por su comunidad, pare sus vástagos en el río, ahogándolos. Por el dolor de este acto llora eternamente, pudiéndosela oir en los distintos puntos del territorio mapuche, en el altiplano y más allá de él hasta México.

“A mí no me engañas,

perra asesina.

Te comiste a tus cachorros

como chacal hambriento

y después te lavaste las greñas

con la sangre y la placenta.

Por eso te condeno

al azufre y a la mierda,

No en el nombre del Padre

sino del Hijo

La trinidad queda negada sin el Espíritu Santo, sin la figura del padre (virtualmente el violador colonial), solo la del Hijo cuyas mayúsculas nos hacen pensar en un Cristo desgajado de la parafernalia religiosa, pero que sin embargo desde su evocación condena a la madre por el aborto alegórico de los mestizos (recordemos la frase de Mistral: Maldito mi vientre en que mi raza muere). Este Hijo no tiene piedad alguna por quien “llora por las calles a tus (sus) niños muertos”. El mito de la Llorona encuentra aquí un juez implacable y produce una versión que, en clave “moderna”, se aleja de la expiación que podría contener la sanción del llanto y la pena eterna. Se trata del dolor de una mujer que opta por su identidad étnica, y que al hacerlo se condena a una aflicción sin límites por la pérdida de su maternidad y de la filiación. La versión moderna de «Norte en Elocoyán» simplemente la confina “al azufre y a la mierda”, es decir al infierno (el vínculo diablo-azufre de los propios relatos campesino-chilenos) y a permanecer en los restos fecales (¿evocación de los propios niños muertos?), en los deshechos mugrientos que no la absuelven y la contaminan.

Si en la Llorona estamos cerca de la censura y la moral, en Trurkur renü, la cueva de los brujos, el hablante desafía, ironiza y se mofa de lo que ocurre en un perimontún, esto podría traducirse como una “visión”, pero es más que eso porque el alma y el cuerpo de la persona se “traslada” en ese estado a la realidad de las salamancas mapuches, y en vez de encontrarse con el “horror” lo hace con el placer:

¿Qué me importa que una linda culebra me robe el aliento,

que unos cuervos hambrientos me saquen los ojos.

que un kalku amargo como hiel de chivato

me haga un daño, y borre de mi memoria

la forma de la llave, la alquímica consigna?

Todas las penurias a las que puede ser sometida una persona, en un perimontún de acceso a una renü no significan nada  “si me quedo con el sabor de tu lengua tierna/ y tu aroma de zorra entre los dedos”. Esta versión, que también se arma con un hilvanado de fragmentos de diversas narraciones sobre las cuevas de los brujos, juguetea con el goce lujurioso que se adscribía a los “aquelarres” (al menos desde la visión colonial). Este poema se mueve entre  la ambigua sensación del misterioso mundo de las renü y su desacralización en el encuentro-cópula con los kalkus en sus propios escondites nocturnos y secretos.

Se podría seguir así este viaje que toca a los imbunches, a los sumpall, al bello Mankian, a wanglen, y desmadejar sus tejidos en la red de las traducciones de la oralitura indígena. Pero quisiera finalizar con los guiños de este libro a los trazos biográficos o a sus hilos genealógicos: se trata de un texto dedicado al padre de Víctor, que suponemos lleva el apellido Lobos. En el “niño de los animales”, el origen del hablante se sitúa en el bosque, y se convierte en insecto, deviene humano, araña, hasta salvar a una “niña relinda, piluchita y dormida” (se trata de una interpretación del conocido cuento popular del pobre que salva a una princesa). En Sin Lobos, leemos: “No hay lobos en esta tierra/nunca existieron./Perros quiltros sí tenemos”. Sin embargo, existe la “Ternura de los lobos” y se muere “Como un perro…sin temor, sin esperanzas/renunciando a la lucha inútil del que quiere salir de sí mismo…” Mowgli, el niño criado por los animales, las zorras, los lobos nos devuelve a los más profundos imaginarios de las bastardías nuestras, confusas y confundidas en los fragmentos de los mitos, en la poesía como búsqueda, pero también como simulacro.

Sin duda «Norte en Elocoyán» no se agota, ni mucho menos, en este recorte de significaciones que he realizado. Basta con haber sentido miedo a los trintraros para saber que su escritura nos brinda algo más acá de lo conocido, y eso ya constituye un regalo para los espíritus de todas las cosas que habitan al sur de nosotros.

Santiago, diciembre 2013

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