Pibesa, la niña que no sabe qué hacer con tanta juventud

[Texto presentado por Pablo Brodsky, Director de la Fundación Juan Emar, durante el lanzamiento de «Diez», libro de cuentos reeditado por Editorial MAGO en noviembre de 2013]

«¡Hemos triunfado! ¡Venció la Libertad! El tirano de Ibáñez y su séquito ya no existen…  ¡Viva Chile! ¡Viva la libertad!», le escribía Luisa Yáñez Bianchi a su madre Rosalía Bianchi de Yáñez en una carta del 19 de agosto de 1931 [1]. Algunas semanas antes, el 26 de julio, el general Carlos Ibáñez del Campo abandonó La Moneda hacia Los Andes para abordar el Trasandino que lo conduciría a Buenos Aires. Hubo varias manifestaciones de júbilo a lo largo de Chile, mientras otros se enteraron estando en el extranjero. Entre estos últimos se contaba Juan Emar, a quien le reenviaron a París la misma carta que su hermana Luisa le escribió a la madre Rosalía. También su padre, Eliodoro Yáñez, se encontraba en Europa. Después que le expropiaron el diario La Nación, este se vio obligado a partir al exilio, pasando temporadas en hoteles alemanes, suizos e italianos, y haciéndose toda clase de curas para aliviar las tensiones vividas en Chile. La expropiación del diario y los efectos de la Gran Depresión de 1929, sumados a los gastos que significó el exilio, originaron los problemas económicos de la familia, los que tendrían una importante repercusión en la vida de Emar.

Eliodoro regresó  al país a los pocos días de la caída de Ibáñez. Su primera y única preocupación era que le devolvieran el diario arrebatado. Pero las cosas no fueron según lo esperado. Pasaban los días y los meses, y el asunto no se arreglaba. En noviembre de 1931 le pidió a su hijo que se embarcara para volver, porque «no será posible enviarte la cantidad que pides en tus cartas a mamá…»[2]. A Emar no le quedó más remedio que regresar. Lo hizo en marzo de 1932, pocos meses antes de que muriera Eliodoro Yáñez, sin haber recuperado La Nación.

¿Qué hacía Emar en aquella época? Cuando el general Ibáñez se hizo del poder y Eliodoro fue despojado de La Nación, su símil en París dejó de aparecer. Se trataba de una prolongación en la capital francesa del trabajo que había realizado en lasNotas de Arte del diario La Nación en Chile, bajo el nombre de La Nación en París. Su primer número apareció el 23 de noviembre de 1926 bajo el título de Notas de París. Emar estuvo a cargo de dicha publicación, además de ejercer como segundo secretario de la Legación chilena en Francia.

Sara Marval, amiga y cómplice de Emar en la aventura de las Notas de Arte de La Nación, quien también vivía en París, en una carta escrita en febrero de 1928 nos entrega algunas pistas del ánimo de Emar después de estos episodios: «Qué año 1927 (…). Pilo agriado con La Nación… Ahora. Porque cuando yo rabiaba desde el comienzo con el famoso ‘espíritu Nación’, entonces Pilo era sordo y ciego (…). Ahora ve todo con claridad. Herido. Hasta por dentro…» [3]. La verdad es que el proyecto que se inició como Notas de París y que culminaría como La Nación en París, significaba para Emar mucho más que publicar unas páginas sobre el arte contemporáneo y las distintas manifestaciones emergentes de la cultura mundial. En torno a él, «diseñó un sistema de distribución y venta de material impreso en Francia, modalidad que permitiría la compra y recibo en Chile de libros, revistas y todo tipo de textos que fueran de interés para el público nacional. Además, organizó un servicio turístico dirigido a chilenos que planificaban viaje a Europa»[4]. Todo un emprendimiento, como se diría hoy día, todo un proyecto cultural y económico que se vino al suelo.

Al año siguiente, 1928, la vida afectiva de Emar era un verdadero embrollo. Desde hacía un tiempo mantenía una relación íntima con la francesa Alice de la Martiniére, modelo de los pintores de Montparnasse, más conocida como Pépéche.  El pintor Luis Vargas Rosas, becado en París, le escribe a su esposa Henriette Petite, en septiembre de ese año: «Anoche se suicidó Pépéche, con Calmina y Dial, pero esta mañana despertó. Vi a Pilo muy nervioso anoche, pero hoy ya está más tranquilo y se ríe»[5].  Este episodio ocurrió durante los meses de la separación de Emar y su primera esposa, Herminia Yáñez, con quien tuvo dos hijos. La separación no fue un episodio traumático para él, por el contrario, apoyó el nuevo romance de su esposa con un artista de circo, de origen húngaro: «La historia del Húngaro es sabida con más detalles de los que yo pueda saber (…). Las historias de Pilo al detalle. Los ménage a trois…» [6], le escribe Henriette Petite a su marido, en octubre de ese año.  Y este le contesta un mes después: «Que la chica Rivadeneira está o estuvo loca lo he sabido hace un mes por carta de mi madre. Ha sido y es el gran amor de Pilo, tanto que piensa casarse y rehacer su vida, su hogar, a base de ella» [7]. En efecto, dos años más tarde, en marzo de 1930, Emar viaja a Chile para casarse con Gabriela Rivadeneira en agosto y regresar en septiembre a París con su nueva esposa, bastante más joven que él. Con ello, todo parecía haberse calmado en su vida: «Pilo, ahora se levanta temprano, escribe, trabaja (?), no bebe – en fin, una maravilla» [8], le escribe Sara Malvar a su marido, Fernando García Oldini.

Son los años en que, junto a Huidobro y su grupo, seguía de cerca las experiencias del Surrealismo. Asistía a conferencias y se reunía diariamente en los cafés de Montparnasse para discutir con otros escritores y artistas sobre las acciones del grupo de Breton, y leer las nuevas publicaciones que iban marcando el rumbo del arte vanguardista. Son los años en que concibe «El pájaro verde», uno de los cuentos de Diez, y escribe las primeras líneas de su novela Ayer.

En eso estaba cuando recibió la carta de su padre, pidiéndole que regresara a Chile. A partir de 1932, se dedicó por entero a la escritura de los cuentos y textos que publicará en 1935 y 1937. Entre ellos se encuentra Pibesa, el cuento de Diez que esta tarde comentaremos.

Pibesa, personaje principal del cuento homónimo, se llama así porque se trata de una mujer «muy joven», una niña que «no halla qué hacer con tanta vida joven», según nos dice el narrador. Este, definitivamente mayor, sabe que ella siempre estará con él, que le será fiel hasta la muerte.

Un día cualquiera, ambos caminan «por unas calles atardecidas, respirando hastío» y sin hablarse. De pronto, azarosamente, se les cruza en el camino un «papel arrugado color de rosa», en el que se lee: «Válido para el día de hoy». Es un permiso para ir a visitar la cordillera, una invitación a «algo nuevo, algo con qué llenar un hueco de la vida», nos dice el narrador. Y, con ella, se inicia una historia de deseos, arrepentimientos y culpas.

Una vez en la cordillera, frente a un atardecer de fuego en la «nieve verde»,  el narrador intenta poseer a Pibesa: «Corrí hacia ella. Con el brazo izquierdo la cogí por atrás rodeándole la cintura; con la mano derecha le levanté sus faldas  de seda gris perla (…). Pero Pibesa se esquivó, hizo resonar una risa de cascabel (…) y se escapó como una hembra de animalillo joven». El narrador corrió tras ella, sin poder alcanzarla. Sólo cuando esta se detuvo, pudo hacerlo y decirle que la amaba. En ese momento, «Pibesa, bifurcándose, se desdobló en dos. Dos muchachas con juventud de agua, ceñidas en seda de perlas». Una de ellas bajaba con regularidad y constancia una escalera de caracol; la otra, lo hacía lentamente, alargando «un piececito de raso» y luego rozándolo «en el peldaño siguiente». Mientras la primera continuaba descendiendo, lenta, muy lentamente, y tarareando una canción, el narrador se queda con la segunda Pibesa, a la que toma por detrás y logra poseer. Cuando abre sus ojos para mirarla, se da cuenta que tiene en sus brazos a «una mujer ignorada», distinta a la Pibesa que seguía descendiendo la escalera de caracol. El narrador se deja llevar por la sensación de no saber con quién está ni a quién había poseído: «ya era demasiado tarde, ya no había fuerzas que me retuvieran y, aunque ignorada, tuve que vaciarme en esa incógnita de mi vida que Pibesa, en su alejamiento de seda, había sembrado en medio de mi persecución impotente». Tuvo que vaciarse en ella, nos dice el narrador, refiriéndose a esa mujer ignorada que había poseído, pensando que era Pibesa. Pero ella descendía la escalera de caracol y se alejaba más y más. ¿Qué no podía atrapar,  qué se le escapaba inevitablemente?

Pibesa nos relata la historia de una pulsión, de una seducción que el narrador es incapaz de evitar y cuyas consecuencias pudieron serle fatales. Para salvarse, necesitó de un doble perdón: el de la mujer engañada y el de la Ley.

Ya lo hemos dicho: el narrador comete una infidelidad. A sólo «cien pasos» más abajo del lugar donde se perpetró la seducción y la transgresión, Pibesa aguardaba y, «al vernos, sonrió. No había en su sonrisa ni ironía, ni compasión, ni resentimiento, nada». Era el perdón de la engañada, con cuya autorización contaba el narrador: «Claro está que tenía el permiso para visitar, allí lo tenía», en ese papel color de rosa. Pibesa aceptó la infidelidad y su indulgencia le permitió a su hombre «seguir girando» con las dos mujeres.

«De pronto, subieron hasta nuestros oídos los ecos acompasados de unos pasos robustos (…). Tuve un miedo instantáneo y horrible», nos dice el narrador. Eran las pisadas del marido despechado que subía la escalera de caracol buscando a su mujer. El narrador sabía que algo no estaba bien, aunque no supiese precisar qué era lo que estaba mal. Para él no se trataba de haber poseído a una mujer «que no era mía» y a la que había dejado a lo largo de la escalera. Más bien era la situación en su conjunto, el todo, lo que no cuadraba: la cordillera, la escalera de caracol, Pibesa, la otra y él, especialmente que él se encontrara allí en ese lugar y en ese momento. Porque para el narrador ese todo no tenía ninguna importancia, le era completamente indiferente. No le importaba para nada haber poseído a la otra mujer, y si a Pibesa tampoco le importaba, ¿por qué podría importarle a ese hombre que subía la escalera? Estos eran los pensamientos que cruzaban por su mente, cuando apareció la «punta de un gran sombrero mexicano». Y tras él, un hombre «que cogió del brazo a la otra», haciéndola desaparecer. El narrador huye por las escaleras de caracol abajo, por pasillos y corredores, dejando a Pibesa atrás. En su carrera se precipita sobre una puerta que da «a la calma color café de las calles de mi ciudad». Forcejea con ella para abrirla: «Solté primero una cadena, quité luego dos cerrojos e iba ya a coger la llave, cuando en el corredor mismo sonó una detonación». Finalmente logra abrirla y llama a Pibesa a viva voz, diciéndole que están salvados, pero en ese momento ella aparece destilando sangre. «Lleno de indignación empecé a gritar cuanto podía para amotinar al pueblo en contra del miserable que había hecho fuego en contra de Pibesa, hiriéndola y ensangrentándola». En un principio, las intenciones del narrador tienen eco en la gente. Pero nadie se mueve: ni el vengador engañado ni la plebe justiciera. Más bien, todas las miradas se volvieron hacia él, «y todos esos ojos me interrogaron (…). Una vaga culpabilidad me hizo palidecer». La duda del infiel permitió que el vengador hiciera su primer movimiento: «con calma fría echó mano atrás, cogió su revólver y con más calma aun fue dirigiendo, de abajo hacia arriba, el cañón sobre mí».

El narrador hubiese pagado con la vida la satisfacción de su deseo si no hubiese aparecido un guardia, quien dispersó a la multitud. El despechado guardó su arma, «dio un profundo suspiro, giró sobre sus talones y se alejó puerta adentro. Nosotros hicimos otro tanto. Pibesa y yo resbalamos por las calles, presurosos. El gentío empezó a fundirse. Y el guardia se marchó». Así, el narrador obtuvo el perdón de la Ley por su desliz, insistiendo que «toda la razón estaba de parte nuestra»: con el permiso otorgado por su pareja, bien se puede ser infiel, aunque las consecuencias puedan ser fatales. Para no ser ajusticiado por la sociedad, es necesario huir para que «nunca más ninguna de esas gentes nos vuelvan a ver, que pueden de un balazo, de un mirar de sus ojos quietos, deshacer todas las razones por justas que ellas sean».

Es interesante hacer notar que un argumento parecido tiene la decapitación de Rudecildo Malleco, en el libro Ayer. Pero en él no se trata de la satisfacción del deseo, como en Pibesa, sino de la culpabilidad por el sólo hecho de haber pensado en una conducta socialmente reprobable. Aquí, lo que la justicia sentencia no es el acto sino el pensamiento.  Es por eso que a Rudecildo Malleco le cortan la cabeza, porque ese fue el lugar del pecado. Es significativo, sobre todo si se piensa que ambos textos (Ayer y Pibesa) fueron escritos paralelamente, en agosto de 1933, poco después que Emar llegó a Chile y a un mes del entierro su padre.

Santiago, noviembre 2013

NOTAS

[1] «Bohemios en París. Epistolario de artistas chilenos en Europa. 1900-1940», investigación, edición y notas de Wenceslao Díaz Navarrete. Ril Editores, 2010.

[2] Prólogo de «Juan Emar – Antología esencial». Santiago, Dolmen Ediciones, 1994.

[3] «Bohemios en París…».

[4] «Jean Emar – Notas de Arte», estudio y recopilación de Patricio Lizama. Santiago, RIL ediciones y Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, DIBAM. 2003. Asimismo, ver para las referencias a La Nación en París.

[5] «Bohemios en París…».

[6] «Bohemios en París…».

[7] «Bohemios en París…».

[8] «Bohemios en París…».

 

PUBLICADO EN LETRAS.S5

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  • Título:

    Diez

  • Autor:

    Juan Emar

  • ISBN:

    978-956-317-209-6

  • Precio:

    $12000

  • Stock:

    20



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