Sobre «Cenizas. Veinte quemaduras y cicatrices»

Presentación de Omar Morán a Cenizas. Veinte quemaduras y cicatrices, de Claudia Cordero, Premio Dramaturgia Editorial MAGO 2012

 

De la misma manera que el camino que ha debido recorrer el desarrollo de la dramaturgia en Chile; que surge a partir de las voces de hombres y mujeres que han imaginado su presente y nos han contado del avanzar y retroceder de nuestras sociedades; existe un camino paralelo, casi silencioso pero fundamental en su construcción, y que sin embargo poco espacio se le ha dado dentro de la reflexión por parte de la teoría, que es la importancia de «la visualidad en la representación en nuestro teatro».

A mi modo de ver, este lugar fundamental de la puesta en escena, caracteriza y distingue las textualidades generadas desde nuestro país; casi como un sello distintivo de nuestra escritura; acento que nos diferencia de los caminos tomados por ejemplo por nuestros colegas latinoamericanos –referente más cercano–, donde muchas veces la «representación» se instala sólo como «espacios contenedores convencionales», donde living, comedores, oficinas, y dormitorios sirven como escenario para narrar las anécdotas del hombre y su destino.

Cabe preguntarnos el por qué cuando experimentamos la lectura de dramaturgias como la que aquí nos convoca experimentamos inmediatamente un camino vertiginoso en la tarea de llevarlo a escena, ya que la decodificación de sus didascálicas, colmada de signos y espacios que coexisten en la escena, no están concebidas en un sólo espacio de representación; más aún, en este caso «Cenizas» nos entrega un universo espacial, en una constante transmutación. Por lo mismo, la labor de la dirección además de hacer vivir a estos personajes –que al mismo tiempo cambian sus planos narrativos–, tiene la compleja tarea de desentrañar los diversos caminos que existen para escenificar la simultaneidad de universos y realidades como espacios y escenas se nos presenten.

Enfrentarse al quehacer teatral hoy nos obliga a dialogar constantemente con la híper conectividad dada por la alternativa de recursos que nos entregan los medios tecnológicos, independientemente de los recursos que tengamos en la manos para echar a andar la maquinaria de la puesta en escena. Quizás sea esta una fortaleza escénica que nos caracteriza y que nos permite atrevernos a experimentar, vinculando distintos medios, incluso de las artes plásticas, las artes visuales y la instalación como una alternativa para otorgarle un cuerpo vivo y enfrentar el texto de Claudia Cordero.

Este es quizás uno de los puntos más interesantes de Cenizas, el cómo la dramaturga nos presenta «el lugar de representación», siendo esta una alegoría de una ciudad que se derrumba y se resiste a desaparecer, que alberga dentro de la misma una casa que se cae a pedazos a medida que la ficción avanza; con personajes que develan su abandono, en la pérdida de su propia dignidad de sus relaciones, una metáfora de la espera y la marginalidad. El texto nos presenta posición crítica y contraria a los referentes de Valparaíso como puerto fecundo de colores pintorescos, imagen instaurada por años de gobiernos democráticos, que nos mostraban la imagen de la «cultura y el progreso» como bandera de lucha y de representatividad, relatado con gracia y dolorosa sensibilidad, coqueteando con el humor negro y la esperanza agonizante de personajes cargados de humanidad.

Será necesario entonces recalcar la idea de inclusión de un nuevo personaje para poder llevar a cabo esta puesta en escena, la integración de lo que llamamos «el diseño», «la escenografía», «especialidades», o «arquitecturas efímeras» sacadas de espacios reales y no convencionales, de donde debe surgir la representación de Cenizas. Sin duda en este caso, es necesario desarrollar «el espacio» como otro integrante del conflicto; ya que este opina y padece los acontecimientos como otro cuerpo vivo dentro de la obra.

Algunos podrán tomar la literalidad del texto y realizar la puesta de incendios humeantes y derrumbes al estilo del teatro alemán, otros recurrirán a la cinematificación de las escenas para hacer convivir la simultaneidad de lugares y planos narrativos, otros hablarán desde la conceptualización de espacios oníricos y simbólicos; pero, sin duda, nadie podrá negarse a resolver la ecuación de desentrañar este texto generado desde la autoría del teatro contemporáneo, articulado por personajes hijos de un sistema que margina, olvida, desecha y que se resiste a desaparecer; bajo un telón de fondo, aparentemente conocido y re-visitado por el costumbrismo local, ya sea en la pintura, el cine y el teatro; pero que esta vez se reelabora con una escritura crítica que pasea por temas tan universales y presentes como el amor y el olvido, dejando un registro que contribuye a preservar la memoria del universo dramático nacional, que nombra a esa parte de Chile que se cae a pedazos lejos de la modernidad, concebida por una nutrida poética de texto, para ser llevado a escena necesariamente por una poética de espacio, el personaje omnisciente de esta obra.

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