Cenizas y tradición en escena

 Presentación de María Jesús Blanche a «Cenizas. Veinte quemaduras y cicatrices», Premio Dramaturgia 2012 Editorial MAGO.

 Así dicen, esta ciudad o te escupe o te abraza. A mí me abraza, a pesar de todo, me abraza.

 Cenizas. Veinte quemaduras y cicatrices es la obra ganadora del Premio Dramaturgia Editorial MAGO. Tanto en su primera versión como en esta segunda, los premiados con la publicación de su obra pertenecen a una nueva generación de jóvenes dramaturgos que dialogan directamente con quienes fueron los padres fundadores del teatro chileno, ese que se formó en el Teatro Experimental de la Universidad de Chile a partir de 1945.

Tras leer Cenizas me es inevitable recordar ciertos aspectos de Flores de papel, de Egon Wolff o, escapando un poco del teatro hacia la narrativa, de El obsceno pájaro de la noche, de José Donoso. Ambas –publicadas en 1970–, consideran los espacios y más específicamente la casa como un elemento fundamental, portador de un significado mayor que le da sentido a la obra. Este sentido alegórico del que hablo también está presente en Cenizas, aunque con ciertas diferencias. Si bien en Flores de papel la casa se muestra como un refugio que protege de las amenazas externas a los personajes, la inminente desintegración de dicho lugar también es importante en esta obra ambientada en el puerto de Valparaíso.

Por otra parte, en El obsceno pájaro de la noche podemos encontrar varios elementos similares que pasan de la narrativa a la dramaturgia gracias a Cenizas. Comenzando por lo obsceno, que etimológicamente significa «fuera de escena». En el caso de la novela donosiana, lo obsceno corresponde a todo aquello que oculta la Casa de Ejercicios Espirituales de la Encarnación de la Chimba, el Mudito y las viejas sirvientas; es decir, dicho espacio sirve como un lugar para esconder todo lo que no se quiere mostrar. En Cenizas, por su parte, lo que se quiere esconder permanece entre los motones de ropa apilada y en las oscuras habitaciones de la casa ubicada en un cerro cualquiera del puerto. Los muros sucios y oxidados, las ventanas tapadas con madera, las habitaciones fétidas y húmedas, crean una atmósfera similar a la de El obsceno pájaro de la noche, pero que en este caso reflejan una realidad desgarradora experimentada por los personajes marginales que, a su vez, realizan el único ejercicio de poder que les es posible: marginar también a otros personajes.

Hablo en términos generales de esta obra pues mis palabras preceden a las de la propia ganadora de este concurso. Sin embargo, era necesario destacar ciertas características que vinculan esta obra con nuestra tradición literaria y, por sobre todo, con la ciudad de Valparaíso, sus casas y sus cerros que forman parte de nuestro imaginario cultural. Con la puesta en escena de Cenizas. Veinte quemaduras y cicatrices planteamos, como editorial, la necesidad de mantener en pie temáticas que, más allá del paso de los años, siguen siendo un reflejo de nuestra sociedad y de cómo nos enfrentamos a ellas.

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